Dieciocho dominios abiertos y doce webs vivas, cada una con el nombre de un destino o de una temática, compitiendo en Google contra la marca madre. Nadie los había abierto de golpe ni los había abandonado de golpe: se fueron teniendo. Nadie tuvo que apagar nada, y ese es exactamente el problema —no se decidió mantenerlos, simplemente nadie los revisó.
Las doce temáticas con dominio propio ya existían dentro de la web principal. Las doce. No se reparten el mercado: se lo quitan. Y la pedagogía que mejor explica nuestro método salió de mirar cómo entraban las consultas: la persona que las mueve a mano no lo hace porque le guste, lo hace porque la arquitectura no le deja hacerlo de otra forma. Cambiar la arquitectura es lo que libera a las personas —no pedirles que corran más.
El orden importa más que la velocidad. Primero lo que no depende de ninguna decisión estratégica y se puede empezar mañana. Después instrumentar y medir, porque consolidar a ciegas funcionaría pero no podríamos demostrarlo ni corregirlo. Solo entonces decidir. Y consolidar al final.
Un programa de transformación que la compañía presentó como aval ante el comité de certificación de sostenibilidad al que se somete. Y una regla de decisión que ya no depende de nosotros.
Recomendamos cerrar cosas, así que dijimos también lo que no sabíamos: sin acceso a la analítica no había forma de estimar tráfico ni conversión, y no inventamos ninguna de las dos. Cada cifra del documento venía de la auditoría o de una fuente citada. Un documento que se apoya en cifras inventadas se cae con la primera pregunta.
Lo que viene. Extraer y unificar los datos de cada web antes de tocar nada, para que la consolidación no se lleve por delante años de historia comercial.
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