Las cuentas publicitarias no estaban a nombre de la empresa: nadie podía auditar en qué se gastaba el dinero ni con qué criterio. No había medición fiable, y dos de los cuatro centros perdían pacientes sin que nadie lo estuviera mirando. No se partía de cero: se partía de bajo cero.
El contacto más barato producía el paciente más caro. En el centro que mejor convertía, cada paciente que llegaba a la consulta costaba 94 €; en el que peor, 160 € —con un contacto que costaba la mitad—. Y ahí, de cada 100 personas que dejaban sus datos, 6 se sentaban en el sillón. La publicidad estaba haciendo su trabajo. Lo que fallaba era lo que pasaba después: la llamada, la confirmación, la agenda.
Antes de crecer, recuperar la titularidad de las cuentas y dejar de optimizar la métrica equivocada. Eso implicaba avisar de que el informe mensual iba a parecer peor durante un tiempo —menos contactos, más caros, pero de los que sí vienen—. Lo dijimos antes de empezar, no después.
Una media de 4,73 sobre 683 reseñas y un negocio que, por primera vez, se lee con números propios. En abril la gestión diaria pasó al equipo interno de las clínicas: las puntuaciones no cayeron, siguieron subiendo. Esa es la prueba que nos importa —que el sistema aguante sin nosotros.
El semestre cerró un 19 % por encima del año anterior. Es recuperación tras el suelo de 2025, no un récord: vuelve al nivel de 2024. Y es crecimiento del negocio, no un mérito que el marketing pueda atribuirse en solitario. Se lo dijimos así a ellos y lo decimos así aquí.
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