Un CRM de agencia con dos alturas: la cartera entera —qué cuentas van bien, cuánto fee recurrente hay, con quién se está hablando aunque todavía no sea cliente— y, dentro de cada cuenta, su manual de marca, sus campañas, sus piezas, sus agentes y su margen. Al entrar en un cliente, la herramienta cambia de contexto entero. Hasta de color.
Prototipo navegable con datos ficticios y sin nada guardado detrás. La parte de relación viene del motor y está construida; el resto está diseñado. El siguiente paso es un piloto con tres cuentas.
Una agencia trabaja para seis marcas a la vez, y la mayoría de los errores caros nacen justo ahí: en confundir una con otra porque la herramienta no distingue.
Hasta que el cliente llama para irse. Las conversaciones, los entregables, las aprobaciones y las horas están en cuatro sitios y nadie los suma.
El fee es lo que se cobra; el margen es lo que queda después de las horas que de verdad se han metido. Es el número que decide si una renovación se negocia con datos o se regala.
Es la regla que construye las diez pantallas de una cuenta. El cambio de color al entrar en un cliente no es estética: es la señal de contexto más barata que existe. La aprobación del cliente sale al hilo de la persona, por el canal que usa, y vuelve al flujo con fecha y nombre. La salud de la cuenta se calcula, no se intuye. El margen aparece al lado del fee. Y la marcación en cadena tiene su cupo propio: el lead que se enfría, la propuesta que caduca y la renovación que llega sin preparar —tres cosas ya pagadas que se despachan en cuarenta minutos.
No todo lo que aparece aquí existe igual. Cada pieza lleva el estado en el que está hoy, con el mismo criterio que usamos en una propuesta: lo que no ha operado no se presenta como probado.
La cartera entera, y la conversación con prospectos y clientes en la misma bandeja.
Todo atado a alguien concreto. Cambiar de cuenta cambia de agentes.
Una hora, con tres cuentas vuestras como ejemplo. Al terminar se sabe si merece la pena construirlo.
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